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30 de mayo de 2017

EL GATETE NUEVO

Después de dos años y pico sin un compañero felino, ¡por fin tengo otro!

Diría que fue un caso de alineación de planetas. Cierta noche dije algo así como "bueno, creo que ya es hora de adoptar otro gato", y JUSTO AL DÍA SIGUIENTE, cuando me dirigía al supermercado, vi una mujer acariciando a varios mininos, uno de los cuales se había echado panza arriba. Naturalmente, me acerqué a mirar, dado que los gatos son mi debilidad. Le dije algo a la mujer (de nombre Marianne) sobre el gato panza arriba, y su respuesta fue "está para adoptar".

Para adoptar. ESE BICHO HERMOSO Y CARIÑOSO NECESITABA UN NUEVO HOGAR, Y YO TENÍA UNO PARA DARLE. Encima, cierta persona que se había ofrecido para adoptarlo había caído enferma y no se sabía más de ella.

Así que lo adopté yo, y el 9 de mayo me lo trajeron a casa.

Lo llamé Osito. No porque se parezca a un oso, sino porque es cariñoso y suavecito como los osos de peluche. Además... bueno, hay que tener un poco de cuidado con él, porque cuando se enoja se pone en modo Ozzy Osbourne y pega unos tremendos mordiscos. De hecho, al principio tenía que acariciarlo usando mis guantes de jardinería.

En fin, algún defecto tenía que tener.

La cosa mejoró rápidamente, sin embargo, y Osito pasó de ser "el gato que acabo de traer a mi casa con la esperanza de que se adapte" a "MI GATO, al que sería capaz de rescatar como Ripley rescató a Jonesy en Alien".

Es un bicho grande, por cierto. Seis kilos y medio. Cuando se desploma sobre mi regazo, desborda por los lados y al rato se siente como si pesara media tonelada :-D Otra particularidad: no es exactamente negro, sino negro HUMO. Es un tipo de pelaje un poco raro en el que las puntas del pelo son negras pero la mitad de la base es BLANCA. O sea, ¡Osito tiene pelos bipolares que se ajustan a su personalidad!



Y, por supuesto, Osito ya se lleva bien con mi dragón Donald y mi unicornio Cuernito. ¡Faltaría más!

Espero que esto sea el principio de una larga y hermosa relación como la que tuve con mi gato anterior :-)

G. E.

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2 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Que lindo gato, ¡ay! También son mi debilidad, es más fuerte que yo. Me recordó a mis gatos, la personalidad es parecido al más chico y el físico al más grande.
    ¡Suerte con el gatito!

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    Respuestas
    1. Yo siempre he tenido debilidad por los gatos, así que te entiendo. ¡Gracias por desearme suerte!... aunque ya he tenido suerte al adoptar a Osito :-D ¡Un abrazo!

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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