INCOMPATIBLES - Ella quería conquistar al cerebrito de la clase. Él estaba determinado a ignorarla... hasta que descubrió su secreto. UNA RELACIÓN PERFECTA - Historias románticas contemporáneas con un poco de arte en cada una. BESO ROBADO - Lina conoce a dos bailarines de ballet: uno que le gusta... y otro que hará de todo para conquistarla. LOBO DE LUNA - La amistad inquebrantable entre una criatura del bosque y un lobo de otro mundo. RELATOS DE AMOR Y SANGRE - A menudo el amor sale terriblemente mal... AMOR SANGRIENTO - Él está muriendo de un cáncer terminal. Ella tiene un secreto escalofriante. OSCURA SALVACIÓN - Historias sobre amor y salvación... plagadas de horror y oscuridad. Haz clic en las portadas para leer las muestras gratuitas. Ve a la página SOBRE MIS LIBROS para ver todo mi catálogo. ¡Gracias por apoyarme!

14 de febrero de 2017

SABOTEANDO A CUPIDO

A estas alturas ya he dejado bien claro que ¡¡detesto el maldito Día de los Enamorados!! ¡¡EN SERIO, QUE NO PUEDO CON TODA ESA ÑOÑERÍA ROMANTICONA INSUFRIBLEEEEEEEEEEEEEEE!!

Como mi prima Paula está al tanto de mi rechazo hacia la mencionada festividad, me sugirió la siguiente y brillante idea: ¡conseguir un arco similar al de Cupido y flechar yo misma a las personas románticas, emparejando a cada una con alguien incompatible a fin de acabar con sus nociones poco realistas acerca del amor! (¡Gracias, prima Paula!)

Ahora bien, ¿de dónde iba yo a sacar un conjunto de arco y flechas con el poder para inducir enamoramientos inapropiados? Digo, es que no era algo que pudiera comprar en Amazon o eBay.

—¡Cuernitooooo! —exclamé entonces—. ¡Ven aquí, mi precioso unicornio mágico, que tengo una tarea para tiiiii!

Cuernito apareció al instante, trotando agraciadamente como si fuera el equivalente en bestia mitológica de una bailarina de ballet. Lo seguían cuatro bebés panda, dos pangolines, siete patitos y toda una nube de mariposas.

Tres horas más tarde (o sea, después de acariciar a los pandas, sacarme selfies con los pangolines y alimentar a los patitos con palomitas de maíz), le dije:

—A ver, Cuernito bonito, ¿me harías el favor de convertir estas ramas en un arco y unas flechas que sirvan para enamorar inadecuadamente a las personas?

Y claro, como mi unicornio me adora y al mismo tiempo comparte mi vena traviesa, a los cinco segundos ya tenía entre mis manos los objetos que le había pedido.

—Mil gracias, Cuernito. Sigue jugando con tus mariposas y convirtiendo los terrenos baldíos en hermosas praderas llenas de flores y riachuelos cantarinos de agua mineral potable.

Ay, sí, lo sé, me pongo algo así como súper cursi cuando se trata de mi Cuernito, pero es que es un unicornio. UN UNICORNIO. Como puse en esta entrada, es la única clase de cursilería que no me molesta :-)

¿En qué estaba? Ah, sí, lo del arco y las flechas. Me colgué la aljaba a la espalda, tensé bien el arco y me puse en plan Katniss pero en contra del romanticismo ñoño en lugar del Capitolio. O sea, salí a la calle y empecé a flechar culos a diestra y siniestra, haciendo que cada víctima se enamorara de la persona menos compatible que anduviera por ahí.

La verdad, fue bastante divertido. Imagínense estas combinaciones: una vegana con un aficionado a la carne asada, un fanático religioso con una científica, un banquero codicioso con una activista de una ONG en contra del capitalismo, y una acumuladora compulsiva con un decorador de interiores minimalista. Hubo besos y cariñitos al principio... y luego la cosa se puso como en la película La guerra de los Roses. O sea, caos, destrucción y mutuos intentos de asesinato. Ñejejejeje. (No se preocupen, no dejé que muriera nadie.)

A Cupido no le hizo ninguna gracia todo esto. A la media hora vino volando hacia mí, agitando su regordete dedo índice y gritando palabrotas en griego (de acuerdo, no entiendo ni una pizca de griego, pero estoy un 99% segura de que eran palabrotas). Le saqué la lengua. Él me lanzó una flecha pero no dio en el blanco (cuando era adolescente se me daba muy bien lo de esquivar pelotas en el gimnasio, y no he perdido la habilidad). Yo le respondí de igual manera ¡y le acerté en pleno ombligo!

Emparejé a Cupido con mi vecina de la esquina, una vieja miserable que odia las plantas, los gatitos y cualquier otra cosa que no sirva a sus intereses egoístas. Creo que tiene algún tipo trastorno psiquiátrico, además.

La relación terminó muy mal, por supuesto: Cupido le tiró bombones a la cara y ella le arrancó las plumas de las alas. Cupido huyó revoloteando a medias, como una gallina, y yo aproveché para clavarle otra de mis flechas.

Hice que se enamorara de un cactus. Después hice que se enamorara de una aplanadora, un enjambre de avispas, una fragata portuguesa (hablo de la medusa, no de la embarcación), un horno de pizzas y un jabalí macho muy territorial.


Ninguno de estos romances acabó con Cupido, claro (por lo de la deidad inmortal y todo eso), pero yo me partí de la risa y acabé disfrutando bastante del dichoso Día de los Enamorados :-)

Listo. Siguiente misión: encontrar al Conejo de Pascua y amenazarlo al estilo mafioso para que me consiga un camión entero de huevos de Pascua de chocolate. (Ñejejejeje otra vez.)

G. E.

¿Buscas más entretenimiento? Haz clic AQUÍ para echar un vistazo a mis libros. ¡Cada compra me permite seguir escribiendo! ¡Gracias!

5 de febrero de 2017

OTRA AVENTURA DRAGONESCA... Y ENANESCA

Una vez más, mi dragón Donald y yo decidimos investigar un punto del mapa que nos entregaron los dragoncitos de fuego. Vimos una crucecita en cierto rincón de África, y como ninguno de los dos había estado allí antes, pues hacia tal continente nos dirigimos (después de hacer una escala para comprar bloqueador solar, dado que mi piel y los rayos UV no se llevan nada bien).

Aterrizamos en un sitio medio desértico y muy, muy caliente. Donald me subió a un árbol y se fue a cazar algo (presumiblemente un ñu) a fin de recuperar fuerzas, y yo aproveché para dormir una siestita en medio de dos ramas, como un leopardo.

Cuando desperté, mi dragón no había regresado... pero al pie del árbol había trece enanos robustos y muy bronceados mirándome con curiosidad.

—Hola —dije yo. Los enanos fruncieron el ceño y me respondieron en un lenguaje que no pude entender. Al cabo de un minuto, sin embargo, nos entendimos hablando en inglés (ya ven, hoy en día no se puede salir de casa sin un mínimo conocimiento de tal idioma). Y lo primero que me preguntaron los enanos fue...

—¿Eres una hobbit?

Y dale. Qué manía de confundirme con una hobbit (ya me había pasado en la Noche de Brujas de 2016). ¡QUE NO SOY TAN BAJITA NI TENGO PELAJE EN LOS PIES! Oh, al diablo. Hice rodar los ojos y contesté:

—¿Preguntan por curiosidad o andan en busca de un hobbit para algo en particular?

Un enano ligeramente mejor vestido que los demás y con un hacha enjoyada a sus espaldas se adelantó para decir:

—Pues sí, hobbit inusualmente alta. Resulta que la mina de mis ancestros fue robada hace cien años por un dragón, y ya es tiempo de que la recuperemos. Le pedimos a un mago que nos asesorara para esta misión, y él nos recomendó contratar a un hobbit. "Tengo entendido, por los libros, que pueden llegar a ser muy útiles", añadió. ¿Aceptas unirte a nuestra gloriosa empresa?

Iba a decir algo (no sé qué), pero justo entonces llegó mi Donaldito, todavía con las fauces algo ensangrentadas... y veinte hachas volaron hacia él en menos de un segundo (sí, veinte hachas; algunos enanos llevaban DOS).

¡Menos mal que mi dragón tiene reflejos rápidos y que la mayor parte de su cuerpo es a prueba de hachas! ¡Y vaya gritos que pegué yo al ver a mi hijo adoptivo ser atacado así de repente, sin que los enanos se molestaran primero en averiguar si era culpable de algo! Qué vergüenza para su raza, actuar en forma tan prejuiciosa y maleducada.

Cinco minutos después, los enanos yacían desparramados y despatarrados alrededor de mi dragón, doloridos y con unos cuantos moretones. (Es que, más allá de su tamaño, Donaldito ha aprendido bastante de los combates de boxeo que transmiten en Space.)

—Bien —dije yo a los enanos, poniendo los brazos en jarras—. ¿Estamos listos ya para hablar en forma civilizada, sin lanzamientos de hachas ni puñetazos a la nariz?

—Pero... pero... ¡es un dragón! ¡Los dragones son todos malignos! —contestó uno de los enanos, señalando a mi Donaldito (quien volvió a agitar un puño en forma amenazadora).

—Para afirmar que TODOS los dragones son malos tendrían que haberlos conocido a TODOS. Pero si mi Donaldito es un buenazo, y también ciertos dragoncitos de fuego que él y yo hemos conocido por ahí, eso da un indicio de que como mínimo hay desvíos estándar en la estadística.

Esperé a que los enanos me preguntaran qué es un desvío estándar en estadística (para hacer gala de mis conocimientos de cerebrito), pero ellos lo meditaron un segundo y finalmente asintieron.

—Está bien, eso suena justo —contestó el enano mejor vestido, quien resultó ser el líder del grupo—. ¿Está bien si recuperamos nuestras hachas?

—Adelante. Ahora, ¿cuál es la historia de la mina robada? ¿Mina de qué, por cierto? ¿Piedras preciosas? ¿Oro? ¿Platino?

—Depende.

—¿Cómo que depende?

—Depende de lo que se esté vendiendo mejor en el momento. Es una mina mágica. Pero, como dije, hace cien años apareció un dragón y expulsó a nuestros ancestros. Ellos decidieron entonces aprovechar para cambiar de aires y se dedicaron a la pesca industrial y a fabricar casas, pero nosotros queremos recuperar la mina y volver a la ocupación tradicional de nuestra raza. Por no hablar de que hoy en día ciertos minerales están cotizando muy bien en la industria de los componentes electrónicos.

—Ah, ya veo. Negocios. Bien, suena razonable, pero desde ya les voy diciendo que no va a ser fácil el desalojo. Hace unas semanas tuvimos un problema gordo con un dragón británico.

El enano se giró hacia sus compañeros.

—¡El mago tenía razón con eso de contratar a un hobbit! ¡Esta hobbit sabe cosas, podrá auxiliarnos en nuestra empresa! —El enano volvió a mirarme—. ¿Qué sigue ahora? ¿Conseguir una ballesta gigante? ¿O mejor un lanzamisiles?

—¡Eh, no nos precipitemos, que los dragones no abundan! Hoy en día no se considera aceptable matar criaturas poco comunes. ¿Qué tal si primero lo intentamos por la vía diplomática?

—Bueeeeeno —contestaron los enanos, aunque con caras de disgusto. Debían de estar demasiado acostumbrados a arrojar hachas primero y preguntar después (¿la versión enanesca de los militares de las películas, cuya primera opción es casi siempre arrojar una bomba nuclear al monstruo de turno?).

Nos dirigimos juntos a la mina. Pensé que los enanos iban a cantar algo como en El hobbit, pero caminamos en silencio porque cada uno llevaba su propio iPod y yo estaba demasiado acalorada como para cantar por mi cuenta. En fin. Puestos en ello, mi dragón también estaba acalorado, a pesar de su inmunidad al fuego. Lleva demasiado tiempo adaptándose al clima templado de Uruguay como para aguantar semejantes temperaturas.

Llegamos a la mina, cuya entrada era un simple agujero en medio de unos montículos de rocas recalentadas bajo el sol del mediodía. Y cuando digo "recalentadas" me refiero a que que podríamos haber asado carne y chorizos sobre ellas, bien al estilo criollo sudamericano. Mmm, carne asada con chorizos...

¿En qué estaba? Ah, sí, la entrada de la mina. A primera vista no parecía que hubiera dragones ahí, pero uno de los enanos tosió a causa del polvo... y entonces algo asomó por el agujero: una cabeza de color blanco perlado, seguida por un cuello largo y elegante. ¡Era una hermosa dragona!

¡La cara que puso mi Donaldito al ver por primera vez una hembra de su especie! Casi me pareció ver cómo le brotaban corazoncitos hasta por las orejas. Sin embargo... otra cabeza y otro cuello, esta vez de color negro obsidiana, asomaron por el agujero. Un dragón macho, presumiblemente el marido de la dragona. Los corazones imaginarios de mi Donaldito reventaron como burbujas de jabón en el aire sucio y seco.

Pero bueno, dejando de lado la potencial ilusión amorosa hecha trizas, era hora de poner manos a la obra y ayudar a resolver el conflicto entre dragones y enanos. Donald tomó aire, salió de su escondite y se presentó ante la pareja de dragones, gruñéndoles en su idioma el equivalente de "buenas tardes, me alegra haberlos encontrado, soy un viajero proveniente de tierras lejanas".

Los dragones miraron a mi Donaldito de arriba abajo, aunque no con suspicacia, sino más bien con cara de "qué raro ver a otro dragón por estos lares".

Después de eso siguió una conversación muy, muy larga. Aburridos de tanto esperar en nuestro escondite, los enanos y yo empezamos a jugar al póquer. Gané unos cuantos ópalos... pero luego los perdí en una competencia de lanzamiento de hachas. Al final quedé debiendo a los enanos cuatro barras de mi chocolate favorito :-P (menos mal que tuve la sensatez de no apostar algo más valioso, como... eh... bue, en realidad no tenía nada más valioso que apostar, dado que soy de clase media).

Donald volvió con nosotros y nos explicó lo siguiente: la pareja de dragones llevaba unos quinientos años junta, y tomaron la mina porque les pareció el lugar más seguro para sus nidadas esporádicas (un huevo cada veinte años, aproximadamente). Lo habían intentado ya en China... pero ahí las personas tienen la mala costumbre de matar bichos raros para hacer afrodisíacos. Y claro, no podían vivir preocupados porque sus queridos hijitos terminaran convertidos en "medicinas" tradicionales.

Sin embargo, nada de esto resolvía el conflicto territorial, dado que la crianza de dragones no combina con la minería por cuestiones de salubridad (polvo, ruido constante, posibilidad de derrumbes y todas esas cosas). La cosa pintaba realmente mal; me refiero a que ya estábamos al borde de un enfrentamiento, y los enanos no habían entendido aún que no es buena idea lanzar hachas a los dragones.

Ahí fue cuando a mi Donaldito se le ocurrió una idea genial (ventajas de tener un dragón hijo adoptivo bien informado gracias a Internet). ¿Han oído hablar del Valle de la Muerte? Es una región de California desértica y muy caliente, pero que aun así alberga bastante vida. Pues bien, como los dragones resisten el calor y la sequía, y los de la mina ya se habían acostumbrado al clima africano, Donald sugirió que la pareja se mudara allí. Estarían tranquilos y contentos, dado que un sitio donde las personas pueden morir en cuestión de horas no es precisamente un foco turístico.

Los dragones dudaron al principio, pues ¿a quién le gustan las mudanzas? Son un completo engorro. Además, es que había que transportar un huevo. Pero bueno, llegó entonces el turno de los enanos de hacer algo más útil que arrojar hachas, y entre todos construyeron una bonita canasta para el dragoncito bebé en progreso.

Esto lo decidió. Uno de los enanos se ofreció como guía para el viaje (tenía un GPS), y así partieron hacia el Valle de la Muerte, cargando el huevo en la canasta acolchada. Un huevo muy bonito, por cierto, de color blanco con estrías negras, como una pintura de Jackson Pollock.


Mi Donaldito suspiró al ver marchar a la guapa dragona blanca. Le palmeé un costado.

—Ya, ya, Donaldito, otra vez será. Pero mira: si en el mundo hay parejas de dragones poniendo huevos, seguro que tarde o temprano te encontraremos una novia en alguna parte. Quizás en la próxima crucecita que visitemos del mapa.

Y como mi dragón no tiende a estancarse en la melancolía, él y yo nos unimos de inmediato a la celebración de los enanos por haber recuperado su mina.

Por cierto, ¿sabían que en una mina mágica es posible coger un pico Y EXCAVAR CHOCOLATE AMARGO DE LA MÁS ALTA CALIDAD? Adivinen cuánto chocolate contrabandeamos Donald y yo de vuelta a casa, al final de la fiesta :-D (No, no pude usar ese chocolate para pagar mi deuda del póquer, dado que mi variedad favorita es el semiamargo con esencia de menta, del cual siempre tengo una reserva en mi alacena.)

Así acabó nuestra nueva aventura con el mapa. ¡Estén pendientes de la próxima!

G. E.

PD: No dibujé a los trece enanos porque se parecían bastante entre sí. Aun así, ¡díganme algo lindo sobre el dibujito, que me llevó unas cuantas horas hacerlo!

¿Buscas más entretenimiento? Haz clic AQUÍ para echar un vistazo a mis libros. ¡Cada compra me permite seguir escribiendo! ¡Gracias!


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

------------------------

¿Te gustó el fragmento? Haz clic aquí para leer la muestra gratis desde el principio o clic aquí para comprar el libro en tu tienda correspondiente de Amazon. ¡Besos!

SEGUIR POR CORREO ELECTRÓNICO

La suscripción permite recibir cada entrada (completa) del blog por correo electrónico unas pocas horas después de su publicación (¡incluyendo los dibujitos!). Sólo tienes que apuntar tu dirección y confirmar la suscripción. (Y no, yo no veré tu dirección, así que no la usaré para enviarte propaganda. Podrás desuscribirte cuando quieras, además.)

Datos personales

Mi foto

Dice aquí que debo escribir algo para demostrar que soy yo. Pues no. Prefiero dejar a todo el mundo con la duda. ¡Buajajajaja! >:-D