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30 de diciembre de 2011

¡DETESTO EL CALOOOORRR!

Detesto el calor. Aborrezco el calor. Quizás sea porque mis antepasados vienen de Galicia, de modo que no estaban genéticamente adaptados a las temperaturas tropicales o subtropicales. Y en mi ciudad hemos tenido picos en verano de 35-40 grados Celsius. ¡Así no se puede vivir!

Encima, en mi ciudad la humedad suele trepar al 90% o más en esos días, lo cual convierte a la atmósfera en una especie de gelatina caliente y pegajosa. ¡Y yo odio sentirme pegajosa! Me meto a la ducha para refrescarme y sentirme limpia, pero una vez que salgo de la ducha, la sensación de frescura y limpieza me dura... menos de tres minutos. Sí, claro, podría instalar un equipo de aire acondicionado en mi casa, pero una igual tiene que salir a hacer sus cosas, y entonces el aire acondicionado resulta peor por el efecto de choque que produce el cambio de ambiente. Es la receta perfecta para desarrollar una laringitis en pleno verano.

¡¡Y ni hablemos de los mosquitos y las cucarachas que vienen por culpa del maldito calor!! Es como si hubiera una especie de invasión en progreso, como en las películas de terror. Bichos zumbando y arrastrándose por todas partes, incluso en plena noche. (Como si no fuera ya difícil conciliar el sueño por culpa de las altas temperaturas.) Y mi pobre gato tiene que pelearse con las pulgas, cuando no se les ocurre picarme a mí en los tobillos.

En días así, una llega a entender por qué los países tropicales suelen ser tan pobres. ¡No dan ganas de moverse, mucho menos de trabajar!

Y yo siento que me voy fundiendo bajo el calor abrasador. Como mantequilla. O como hielo. O como la Bruja Mala del Oeste en El Mago de Oz. Al final del verano, lo único que encontrarán de mí será un charco grasoso lleno de pelos. (Qué asco, ¿verdad?)

¡Me derriiito, me derriiito!
¡Qué mundo, qué mundo!

(Mmm... quizás deba comprar una casa en el hemisferio contrario, para saltarme todos los veranos. O unirme a alguna investigación sobre los pingüinos en la Antártida. Me lo pensaré seriamente.)

G. E.

25 de diciembre de 2011

¿MAMÁ NOEL? ¿GISSEL CLAUS?

* * * * * ¡Navidad, Navidad, blanca Navidad! * * * * * (Los asteriscos son copos de nieve.) En fin, no es que yo sea una fanática de la Navidad. A mi gato sigue sin gustarle, porque aquí en Uruguay persiste la costumbre de arrojar fuegos artificiales a medianoche en la víspera (una idiosincracia local que jamás lograré entender). Claro que si la gente es feliz por la dichosa Navidad, no voy a ponerme en onda Grinch y amargar a todo el mundo son sentimientos antinavideños.

En fin. ¿Recuerdan lo que me sucedió la Navidad del año pasado? ¿El encuentro cercano del tercer tipo con Papá Noel? Pues ¡este año volví a encontrármelo! Aunque... bueno, digamos que fue de manera un poco más indirecta. Es decir, esta vez no fui yo quien lo dejó knock out. Pero mejor empiezo por el principio, en la noche del 24 de diciembre.

Yo estaba en casa, viendo la tele mientras cenaba (este año el tiempo vino fresco, por suerte), y de pronto escuché el sonido de un choque tremendo en la calle. Pensé que se trataría de un accidente de tránsito común y corriente, ya que en Montevideo parece ser otra costumbre lo de manejar sin respetar las leyes (es todo un tema, miren aquí para saber más al respecto), pero cuando salí a mirar encontré un panorama muy distinto. Para empezar, un animal aturdido vino caminando hacia mí en zigzag. ¡Era un reno! ¡Un reno de Papá Noel, nada menos! Corrí hacia el sitio del accidente temiendo lo peor.


Como esto no es una peli de suspenso, los tranquilizaré de inmediato: Papá Noel sólo se había dado algunos golpes sin importancia. Pero estaba muy enfadado. Resulta que, debido a las cercas electrificadas que "adornan" muchas azoteas en Montevideo, Papá Noel se vio obligado a aterrizar en plena calle. Estaba correctamente estacionado, pero entonces unos conductores ebrios se estrellaron contra su trineo. Qué vergüenza, ¿verdad? Y no había un solo inspector a la vista. Tsk, tsk, tsk.

Bien, mientras llegaban las ambulancias, la policía y una grúa, aproveché para dar asistencia veterinaria a los traumatizados renos mientras Papá Noel despotricaba de lo lindo.

—¡No se puede creer! ¡La Navidad pasada me pegaron con una piedra —aquí me hice la distraída— y este año me chocan el trineo! ¿Qué elfos pasa con esta ciudad?

—Ay, lo siento mucho, Papá Noel —respondí yo—. Es que la sociedad ya no es lo que solía ser. Estas nuevas generaciones no tienen respeto por nada. —Luego fruncí el ceño. Ni que fuera yo tan vieja. Pero a veces me siento vieja. Y debo de estarlo, un poquito, al menos, porque ya puedo empezar sermones con la frase "en mi época no éramos así". ¿En qué estaba? Ah, sí, el accidente. Papá Noel le secó a uno de sus renos un hilillo de sangre del costado mientras yo suturaba un corte en el cuello de otro (eran muy dóciles, los renos, no trataron de patear ni nada; aunque también pudo ser un efecto de sus respectivos traumas craneales).

Papá Noel miró el desastre que era su trineo, con regalos desperdigados por todas partes, y se mesó sus gloriosos cabellos blancos.

—¿Y ahora qué voy a hacer m'hijita? ¡Todavía tengo que repartir regalos por el resto de los husos horarios de América! ¡Se me va a hacer tarde, y mira, hay un montón de regalos rotos!

Entonces apareció mi dragón Donald. Papá Noel se lo quedó mirando con los ojos como platos. Ya lo había conocido la Navidad anterior, pero claro, desde entonces mi Donaldito pegó el estirón.

—Válgame. Qué pedazo de bestia gigante —observó el querido viejete.

Papá Noel me miró. Yo lo miré. Nos miramos. Luego miramos a Donald. Llegamos al mismo tiempo a la conclusión más lógica: ¡Donald podría ayudar a salvar la Navidad! Sin embargo, había un problema: Papá Noel estaba DEMASIADO rollizo como para volar en mi dragón. Entre él y el peso de los regalos no iba a haber manera de que Donald despegara del suelo (mi dragón es mitológico, no mágico). Sin pasajeros de ninguna clase ya le cuesta un poco, debido a su gran volumen.

Papá Noel volvió a mirarme y supongo que no tardó en darse cuenta de que soy pequeñita y ligera.

—Oh, bueno, de acuerdo —dije yo—. Me haré cargo del asunto. Total, el programa en la tele era una repetición. ¿Qué tengo que hacer?

Pues lo primero que tenía que hacer era vestirme apropiadamente, porque si iba a meterme en casas ajenas, usar el traje me iba a servir como identificación (con esto de la inseguridad en Latinoamérica, sin el traje existía el riesgo de que me confundieran con un ladrón y me pegaran un tiro). El único traje a mano era el de Papá Noel, así que le di una bata y me puse los pantalones, las botas, la chaqueta y el gorro. Sin embargo... bueno, ya sabemos que Papá Noel está un poco gordito, y como su traje está hecho a la medida, yo quedé más o menos así al ponérmelo:


Uf. Más que Papá Noel, parecía un elfo del Polo Norte. Pero no había tiempo de ajustar el traje, de modo que Papá Noel y yo recogimos los regalos intactos, los metimos en la bolsa y luego me subí a Donald. Papá Noel me dio entonces una lista de tiendas de regalos, centros comerciales y jugueterías para reponer los regalos estropeados en el accidente. Y allá me fui volando, haciendo de Mamá Noel o como quieran llamarle.

Ahora que todo ha pasado debo admitir que hice un poco de trampa, porque no seguí al pie de la letra la lista de regalos de Papá Noel. En lugar de conseguir los juguetes y demás chucherías, lo que hice fue pasarme por las librerías. Es que la gente está leyendo cada vez menos, y ya se sabe que eso afecta el rendimiento escolar y la capacidad mental de la población. Y como soy una ciudadana responsable que se preocupa por el desarrollo intelectual de la humanidad...

Resumiendo: si esperaban un iPod, unos zapatos de moda, una PlayStation o así por el estilo y recibieron un libro en su lugar, ya saben quién fue. No hay de qué :-) Disfruten de la lectura.

¡Y feliz Navidad!


G. E.

PD: Ya que estaba en control de los regalos, yo también me regalé un libro. ¡Yipiii! Una vez más soy una cerebrito feliz con un libro nuevo.

PPD: Los renos de Papá Noel ya se recuperaron del accidente. Papá Noel va a demandar a los conductores ebrios por daños y perjuicios (aunque no gane la demanda, seguro que esos irresponsables tendrán que pagar una buena multa, como mínimo). La grúa se llevó el trineo, pero luego vinieron los elfos a recogerlo para hacer las reparaciones en el taller del Polo Norte, a fin de tenerlo listo para la próxima Navidad. Bien está lo que bien acaba o<]:-)

18 de diciembre de 2011

KILL BILL BULLIES

Esta entrada va tiernamente dedicada a todas las víctimas de bullying o acoso escolar. En cierta manera, también está dedicada a los bullies o acosadores... esperando que se hayan reformado y/o arrepentido o que lo hagan en los próximos cinco minutos, pues de lo contrario la dedicatoria más bien supone una amenaza sumada a un gesto muy poco elegante de mi dedo medio.

Durante los últimos años de la enseñanza primaria y los primeros de la secundaria, fui víctima de acoso escolar. Primero se burlaban de mí por mi estatura. Luego se burlaban de mí por tímida e inteligente, por no hablar de la ortodoncia. Y luego se burlaban de mí por antisocial (la verdad, a esas alturas ya tenía bastantes razones para que no me gustara la gente en general). Como ven, los acosadores siempre encuentran una razón para molestar. Menos mal que no usaba gafas.

¿Me afectó? Sí, por un tiempo. Si hubiera sido una persona más frágil, quizás hasta habría requerido atención psicológica, y es muy posible que me hubiera quedado un daño permanente. Peeeeero... yo soy de Aries. Y los nacidos bajo el signo de Aries más bien renacemos de las cenizas como el ave Fénix. O sea, aprendí a defenderme, recuperé mi autoestima, y pobre del que se burle de mí en la actualidad. (Si no lo dejo por el piso con mi afilada lengua, le echaré a mi dragón.)

Sin embargo, no todas las víctimas de acoso escolar salen fortalecidas por el mismo. Es por ello que, en plan Uma Thurman en Kill Bill, decidí vestirme de amarillo, pedirle una katana a Hattori Hanzo y salir a buscar a todos los acosadores escolares para darles una lección.

Antes que nada, me puse a investigar y averigüé un par de cositas: 1) ¡los profesores todavía hacen la vista gorda en casos de abuso escolar!; y 2) ¡todavía existe esa práctica ridícula y antipedagógica de sentar al revoltoso con el inteligente para que el revoltoso se "reforme"! De verdad, esto último me parece absurdo. Parte de la premisa de que si un chico se porta mal y ni sus padres ni los profesores lo han podido corregir, entonces lo hará uno de sus compañeros. ¡Puaf! ¿En serio? Lo más probable (y aquí hablo por experiencia propia, además) es que el revoltoso le baje el desempeño al inteligente, y en algunos casos hasta podría poner en contacto a un abusador escolar con una víctima potencial. (Padres de hijos inteligentes: no dejen que les hagan esto a sus hijos. Ellos no tienen por qué cargar con la educación ni los problemas psicológicos de otros alumnos.)

En fin, una vez averiguado lo que necesitaba averiguar, tomé mi reluciente katana, llamé a mi dragón e hicimos una recorrida de colegio en colegio y de liceo (instituto) en liceo.

No me molesté en hablar primero con los profesores, pues por lo que mencioné arriba, ya daba por sentado que la mayoría ni siquiera iba a estar al tanto del asunto. No, me puse a vigilar los patios y pasillos, detectando todas las señales de un acoso en progreso, que eran las mismas de mi época (es triste ver que las cosas no han mejorado desde entonces). Entonces me puse en acción:

¡Vuelve aquí, patético abusador granujiento,
y enfrenta el poder de mi katana!

¡La que se armó! Los profesores me miraron escandalizados, los abusadores escolares corrieron en todas direcciones, y las víctimas de acoso vitorearon y aplaudieron, sintiendo que por fin alguien los comprendía. Mientras tanto, yo seguía gritando a los abusadores: "¡Arrepiéntanse ahora mismo o les cortaré un miembro o dos para dárselos de comer a mi dragón!"

No derramé sangre, sin embargo. La muerte puede acabar con algunos problemas pero no rehabilita a nadie, y mi objetivo era inculcar a los abusadores la siguiente lección: no importa qué tan poderosos se crean, más les vale dejar de acosar a sus compañeros de clase... o correrán el riesgo de que éstos enloquezcan algún día y vuelvan para descuartizarlos con una katana y un dragón.

Cuando Donald y yo acabamos nuestra noble labor pedagógica, consolé a las víctimas de acoso con divertidos paseos en mi dragón. Algunos me preguntaron dónde conseguí la katana, pero más bien los pasé con un terapeuta (es que no iba a poner armas mortales en manos de jóvenes potencialmente inestables debido al acoso escolar; una es un poquito más responsable que eso).

Por último, también eché una advertencia a los profesores y padres de los alumnos. Para que no se dejen estar. El acoso escolar es cosa seria.

Y me marché diciendo: "Los estaré vigilando. ¡Muajajajaja!" (Faltaba el toque melodramático.)

Uma Thurman estaría orgullosa de mí :-)

G. E.

12 de diciembre de 2011

¡MALDITAS CUCARACHAS!

Me da igual que cumplan una función ecológica. Me da igual que sean tan resistentes como para sobrevivir a un apocalipsis nuclear. ¡Odio las cucarachas! Para empezar, su aspecto general es asqueroso, con esas patas pinchudas y sus repelentes mandíbulas. Y ni hablemos de su olor o el ruido que hacen al arrastrarse por la casa. Puaj. Encima, ¡transportan microbios y causan alergias!

De verdad, ¿era necesario que fueran TAN horribles? Los escarabajos estercoleros transportan caca de un lado a otro, pero no me dan asco. En cambio, me basta mirar a una cucaracha para que se me revuelva el estómago. (Ya no pego un grito al ver una, por lo menos. Mi madre sí.)

Mi relación de antagonismo con las cucarachas ya lleva un buen tiempo. Más de una vez tuvieron la desagradable idea de refugiarse en mis zapatillas de deporte. (Es por eso que ahora siempre las reviso antes de ponérmelas.) En otra ocasión, ¡una cucaracha mordisqueó el paquete con mis galletas de chocolate! ¡Oh sacrilegio imperdonable! (No encontré a la cucaracha culpable. La habría sentenciado a muerte sin juicio previo.)

Cuando era más joven, mi gato solía traer cucarachas de afuera para destriparlas sobre mi alfombra. O sea, yo tenía que recoger los pedazos al final del día, lo cual me resultaba sumamente molesto. Nunca llegué a entender esa manía de mi gato. ¿No podía traer algo menos desagradable, como ratones, pájaros o serpientes de tierra? (Sí, hasta los cadáveres de ratones y serpientes me dan menos asco que las cucarachas.)

En la actualidad, cada verano me veo obligada a enfrentar una especie de invasión cucarachesca. Por alguna razón caen en el fondo de mi casa y se meten por debajo de la puerta de reja, obligándome a perseguirlas hasta acabar con ellas. No es mi idea de un deporte, desde luego. Conocí a una mujer que las atrapaba para devolverlas al exterior, pero yo no hago eso. Cucaracha que invade mi territorio es cucaracha que termina sus días en mi inodoro. ¡Lástima que las demás no se den por enteradas y dejen de venir! Les pondría un cartel que diga SE PROHÍBEN LAS CUCARACHAS, pero seguro que las muy malditas son analfabetas. Grrrr.

En fin. Cucarachas del mundo, les advierto: MÁS LES VALE NO CRUZARSE EN MI CAMINO, PORQUE AUNQUE SEAN CAPACES DE SOBREVIVIR A UN APOCALIPSIS NUCLEAR, ¡¡SIN DUDA QUE NO SOBREVIVIRÁN AL PODER DE MI ZAPATO!!

¡Muere, cucaracha, muereeeeeee!

G. E.

PD: Al que se ponga a cantar esa cancioncita de La cucaracha, le pegaré con mi matamoscas. No tiene gracia.

6 de diciembre de 2011

EL LAGO DE LOS CISNES GISSEL

Después de haber bailado exitosamente el ballet Giselle Gissel, decidí pasar al siguiente: El lago de los patos cisnes. Para quienes no conozcan la historia, aquí les va:

Había una vez un hechicero perverso llamado Von Rothbart, quien por alguna razón no especificada (tal vez se levantó una mañana con muy mala leche) secuestró a una doncella de nombre Odette y le lanzó una maldición. Odette se convirtió en un pato cisne, y sólo durante las noches recuperaría su forma humana. Odette permaneció, junto con otros cisnes, en un lago formado por las lágrimas de tristeza de su madre (era llorona, la mujer; espero que no se haya deshidratado mucho). Sólo el verdadero amor podría romper el hechizo.

Tiempo después, en alguna parte era el cumpleaños del príncipe Sigfrido. Alguien le regala una ballesta, de modo que, luego de la fiesta, Sigfrido se va a matar lo primero que encuentre (bue, se ve que no estaba muy a favor de la conservación de las especies salvajes). El príncipe ve un pato cisne y está a punto de dispararle, pero entonces cae la noche y el cisne se convierte en Odette. Sigfrido baja la ballesta. (Menos mal; de lo contrario, habría cometido un asesinato en primer grado.) El príncipe y Odette bailan juntos, lo cual, en el mundo del ballet, significa que están enamorados. Cuando aparece Rothbart (muy inoportunamente, por cierto), Sigfrido está a punto de dispararle pero Odette lo detiene, porque si Rothbart muere, nunca se romperá el hechizo. La mañana llega y Odette vuelve a convertirse en pato cisne. Sigfrido está determinado a liberar a Odette de la maldición.

En el siguiente acto, hay un baile en el palacio. Los padres de Sigfrido, como suelen hacer los reyes (o al menos eso se deduce por la mayoría de los cuentos de hadas), están determinados a que su hijo escoja una princesa y se case, pero él está enamorado de Odette y ninguna de las princesas le cae bien. (Ahora Sigfrido es un ferviente amante y protector de la avifauna, incluyendo cisnes, patos, gaviotas y garzas.) En ese momento aparece el malvado Von Rothbart con su hija Odile, quien es idéntica a Odette excepto que viste de negro. El propósito es engañar a Sigfrido para que le jure amor a la chica equivocada. Sigfrido cae en la trampa. Confundido por el parecido, le hace un voto de amor eterno a Odile; desde una ventana del palacio, Odette (en su forma de pato cisne) escucha el voto y regresa a su lago de lágrimas con el corazón roto. (Válgame, qué melodramática.) Sigfrido la sigue.

Ya en el lago, Odette está decidida a morir. Sigfrido llega al lago y se disculpa por la metedura de pata; ella lo perdona y ambos vuelven a jurarse amor. (Insertar imagen de cursis corazoncitos.) Aparece Von Rothbart y le demanda a Sigfrido que cumpla su promesa de casarse con Odile, pero el príncipe se niega y elige morir con Odette (otro melodramático). Sigfrido y Odette saltan al lago y mueren, y al romper el hechizo de Rothbart, éste también muere. (Espero que quede alguien para limpiar los cadáveres.) Fin del ballet.

Y ahora... ¿traducimos la historia al japonés y de vuelta al español? ¡Por supuesto, que es muy divertido! A ver qué sale.

Para [o mi mamá dispara] (me desperté en la mañana tienen un temperamento muy corto quizá) por qué Von Rothbart malvado brujo embargo [el embargo es lo que pasa cuando te metes en líos legales], no se ha especificado, la hija secuestrada llamada Odette que se llamaba allí, te lo juro [vale, te creo]. Odette es un cisne, me recobrar su forma humana solamente en la noche. Junto con el otro cisne [¿había otro?], Odette (ella estaba llorando, las mujeres no tienen mucho deshidratación, es de esperar [es que las mujeres tenemos la mala costumbre de retener líquidos]) que queda en el lago que se formó por las lágrimas de dolor de una madre. Usted puede romper el hechizo sólo el amor verdadero.

Después de un tiempo, fue el cumpleaños del príncipe Sigfrido en alguna parte. Después de la fiesta, (que es una buena cosa, que no estaba a favor de la conservación de las especies silvestres [japoneses antiecológicos]) Siegfried matará primero se encuentre, para que alguien le dé una ballesta [y si matas a más de uno, te dan un lanzacohetes de regalo]. Tengo que mirar el cisne, el príncipe y le disparó, pues, al caer la noche, Odette se convierte en un cisne [no quedó muy claro a quién le disparó, pero seguro que alguien fue a parar al hospital]. Siegfried bajo ballesta. (De lo contrario, que es bueno que habría cometido un asesinato en primer grado [vale, parece que no murió nadie, pero resulta que habría sido algo bueno].) así como, Odette y el príncipe en el mundo del ballet, quieren decir que usted está en el amor. (A ser muy incómodo, en cierto modo [amor, incómodo amor...]) que Rothbart aparece si el Rothbart está muerto, no es para romper el hechizo que ha sido, estoy tratando de dispararle Sigfrido [se lo merece, por homicida], Odette detenerlo usted. Mañana en llegar, convirtiéndose en el cisne Odette nuevo. Siegfried está decidido a liberar a la maldición de Odette [pobre maldición esclavizada].

En el acto siguiente, hay un baile en el palacio. (Ese es el significado del cuento de hadas por lo menos la mayoría) o el rey, su hijo ha decidido casarse elegir a la princesa, que son padres de Sigfrido, que es con cualquiera de los Odette [había más de una, obviamente] como lo harían normalmente Earl princesa en el amor es como él. (Siegfried. Swan es un protector, como garzas, patos y gaviotas, y un apasionado amante de las aves ahora [el tal Swan debía de ser miembro de Greenpeace]) es su hija Odile parecen idénticos, excepto por el vestido negro, junto con Odette y Von Rothbart mal. El propósito es engañar a amar a una chica juro Siegfried mal [ya, nos quedó claro que algo está MAL]. Siegfried caer en la trampa. Confundido por el parecido, desde la ventana del palacio, Odette votos de amor eterno a Odile a escuchar el retorno lago de votar por su corazón roto y lágrimas (en la forma de un cisne [¡lágrimas con forma de cisne!]). (Válgame, el melodrama. Sea cual sea [la historia de Odette o de la persona a la que le disparó Sigfrido, no está muy claro]) Siegfried es seguirla.

Una vez en el lago, Odette está decidido a morir. Sigfrido llega al lago, se disculpó por la metedura de pata, ella lo perdona, y se comprometió a amar de nuevo. Siegfried von Rothbart y, pero requiere que cumpla su promesa de casarse con Odile (. Por favor, inserte la imagen del corazón trillado [debe de haber salpicado sangre para todos lados, al pasar por la trilladora]), rechazó el príncipe, por Odette (melodrama otro) aparece cuando elige morir. Para romper el hechizo y Rothbart, mueren al lago Odette y Sigfrido salto, morirá también. (I. ¿Crees que soy yo quién va a limpiar el cuerpo [cierto, yo no lo voy a hacer]) al final del ballet.

¡Listo! :-D

De todas maneras, MI versión del ballet difiere algo de las dos anteriores. Para empezar, puse a Natalie Portman en mi ballet. (A Mila Kunis no; es demasiado guapa y no quiero que nadie se me distraiga mirándola embobado.) Como en Cisne negro ella hace un papel de bailarina conflictuada, me pareció que sería una buena víctima (insertar risa malévola).

Los primeros dos actos quedaron igual, con Natalie Portman en el papel de Odette. En el acto del baile... entré yo y saqué a Natalie de la escena echándole encima a uno de mis cisnes negros carnívoros :-D ¡Hasta la vista, patito cisne conflictuado! Conquistar a Sigfrido me tomó cinco minutos, tal que quedó enamoradísimo de mí. Pero no se molestó en volver al lago. Dejamos que Natalie Portman se ahogara de tristeza ¡y el príncipe y yo nos aliamos a Rothbart para que convirtiera a los políticos tarúpidos en patos! (No era cuestión de desperdiciar esa magnífica ballesta.) Esa noche bailamos alrededor de un montón de patos asados :-) ¡Un final muy feliz! (Bueno, excepto quizás para los vegetarianos, aunque no sé si estarían en contra de comer políticos tarúpidos convertidos en patos. Quizás no.)


Adoro el ballet, ¿ustedes no? :-D

G. E.


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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